Finicio, agua negra


ALQUIMIA: De la voz al cuerpo

Serie de vídeos grabados en el marco del curso Transcendencia en la Música Tradicional, impartido por Mara Aranda (Early Music Morella 2018). Improvisaciones sobre el trabajo de voz y elementos que desboca en el movimiento.

Escribo estas líneas con los últimos calores de un verano que se ha agotado, septiembre trae finales y principios como acostumbra. Termino estos textos de la seria alquímica que comencé con el verano, llegando el otoño, de una manera casual, pero oportuna, como todo aquello que el universo ordena.

Ha sido un verano, intenso, vivido, de revelaciones, de verdades que se han desvanecido, de nuevos caminos en el horizonte y de viejos senderos a la espalda. Un verano que comenzó simbólicamente con esa tormenta morellana, que trajo el trueno, el hielo y el agua.

Soy un todo lleno de partes, que a veces son pedazos, y otras, extensiones. Partes que a veces son ramaje sano y fluido; y otras, son pedazos de cristal quebrado. Partes de mi. Conexas, aún desmembradas.

Partes que se alimentan.

Me cuesta conectarme con aquella mujer que dejé en el jardín de los poetas de Morella, la mujer que bailaba al agua negra que todo lo incuba, el agua negra de la gestación profunda. La caverna oscura donde la vida brota, donde la esencia del mundo, de cada mundo se guarda. Aquella mujer que emergía, aun enfangada. Aquella mujer que reconocía sus huesos, sus brazos recién liberados y que apenas sonreía. Aquella que se perdió en su proceso...

Cada reajuste que hacemos en el camino, siguiendo la brújula del latido interno, nos abre simas de miedos, y vacíos, a veces ancestrales. Vaciar abismos ha sido un buen pasatiempo veraniego. Es como un caleidoscopio, a cada leve movimiento, millones de posibilidades. Se ajustan, se colocan, explotan. Pero un explorador para, reajusta y sigue su camino de acción y de hechos.

Ahora, a punto de embarcarme en un gran viaje, que me devuelve a los brazos de un antiguo amor, sin saber, que sentiré y como nos ha tratado el tiempo. Recuerdo esas voces amigas de Morella, ese grupo de canto feroz y trabajador, transitando por las salas frías de un convento, ese jardín, la cítara de Jaume, la palabra pausada y pisada de Maite Gil, recitando los versos de tantas gargantas silenciadas, de tantas mujeres enterradas...Y siento que he renovado mis votos, de servicio, amor y defensa de la vida, a través de aquello que soy y de aquello que deseo. Pero, esta vez el norte esta bien perfilado. Y ya no hay renuncias, solo hay trabajo que hacer.

El buen vivir, el buen hacer es un acto de rebeldía humana, de amor y de compromiso. Desde nosotros, a los que nos rodean, a la madre tierra y al vasto cosmos, el dios que es en nosotros.

No nos debemos nada, solo una mano tendida y una sonrisa.

GRACIAS


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 Danzas de raíz