"Las palabras también viajan"


Hay viajes que acaban mucho tiempo después de terminar y no necesariamente en el lugar de destino.

“Londres-Sarajevo” (Isaak Begoña, Ed. Volapük) es una especie de libro de viajes, que parten de la periferia madrileña en los años 80 y que terminan cuando el autor pone punto y final a este estupendo libro en la actualidad, años después de aquellas vivencias.

Con él recorremos el Londres okupa de los noventa, las carreteras secundarias de la antigua Yugoslavia, la vallecana Avenida de la Albufera, o las calles del Sarajevo asediado durante la guerra de los Balcanes. A través de varias historias que se cruzan y que se intercalan, sin un aparente hilo temporal, sino más bien con la temporalidad de la vida misma donde según para qué o para quién el tiempo pasa de una manera u otra. Todo ello contado en primera persona desde la perspectiva de un joven español, que vive en Londres a principios de los años 90 y tiene estrechas relaciones con varios refugiados de la antigua Yugoslavia durante los años del cruento conflicto.

Desde esa convivencia, a través de sus conversaciones y algunas cartas, entramos en otro viaje sutil al interior del alma, el corazón y la mente humana, a través de la soledad, la pérdida, la mano tendida de aquellos amigos que encontramos en los caminos inesperados, la leve esperanza del obligado comenzar de nuevo, los refugios que son la música o la literatura, la miseria de la supervivencia en cualquiera de sus escenarios, los jóvenes que se buscan la vida en una Europa masificada y cruel, donde poco importa lo que sabes... Historias mínimas desde las que nos asomamos a los grandes relatos que han formado siempre la imaginería de las guerras y más duramente de las guerras civiles, la limpieza étnica, la excusa religiosa, los niños soldado, las violaciones masivas, las mafias en las rutas de huida, el abuso de poder, la bondad sin límites, el miedo...

¿quién gana una guerra?...

Este libro es como ir recibiendo postales.

Cada capítulo puede ser esa imagen delimitada y estática que te llega lejana y que te llena de emoción pues sabes que contiene algo mucho más grande de lo que ves.

Las pinceladas de una guerra brutal, una guerra que forma parte del imaginario de mi generación, ¿quién no se acuerda de las crónicas en TVE desde el puente de Mostar? Los personajes bocetados que dan pie a detallados retratos que nos son familiares, porque hay bocetos más interesantes que un dibujo concreto, y esto es lo que he encontrado en estas páginas. Esbozos certeros y directos de cosas que pasaron y pasan y de las que de alguna manera no somos ajenos. Bocetos profundos en la sencillez de las palabras cercanas, que nos conectan, independientemente de la forma que tomen según el idioma. Porque las palabras también viajan, como bien dice un personaje del libro. Y como los buenos viajes, la palabras, ayudan a abrir puertas, crear puentes y cerrar heridas. Me ha hablado más del exilio un paseo por el frío Londres lluvioso, que en ocasiones, veinte páginas sobre la sensación de un corazón roto. Por que en los viajes se camina libre, sin la máscara de lo conocido y los personajes de los que este libro habla son eternos viajeros.

Fui a los Balcanes hace cuatro años, también en medio de una guerra personal contra mi misma y contra aquello que era parte de mi realidad. Una especie de guerra civil, donde lo conocido de una época pasaba a ser un posible enemigo. Y he entendido muy bien lo que significa perderse por las calles de una ciudad que sientes ajena, anhelando aquello que ya no volverá.

Yo no he vivido una guerra, pero sí mi ADN.

Nunca olvidaré cuando la yaya, mi abuela la que me crió, comenzaba las frases de esta manera..."porque en guerra"...mi hermano y yo éramos niños, pero ya intuíamos que venían curvas... Y por eso, los herederos de cruentas guerras civiles como el caso de los españoles de mi generación, podemos conectarnos o pudimos conectarnos de una manera íntima con ese Sarajevo asediado, con esos Balcanes reventados, con esa cola del pan rota, en su injusticia y crueldad y también en la emoción de aquellos que sobrevivieron. Pero las guerras afortunadamente acaban y con ellas los amagos multitudinarios de solidaridad desaparecen, cuando son quizá aún más necesarios. En el momento de la convalecencia de toda una sociedad, que debe asimilar e integrar la brecha abismal que abre una guerra. Y es ahí, en ese momento, donde la literatura actúa como activador y recuerdo, no para regocijarse en lo dramático, sino para regocijarse en la gran capacidad humana de la supervivencia y en lo necesario del análisis lúcido. Y eso también lo encuentro en este libro.

Sarajevo en la actualidad es una ciudad de belleza triste, que se levanta cada mañana y pone lo mejor de sí misma al servicio de la vida que alberga, pero le cuesta. Y esas carreteras secundarias, que tan bien describe este libro y conectan zonas de Serbia y Bosnia albergan lugares de gran belleza, pequeños pueblos, donde iglesias ortodoxas y mezquitas, en ocasiones, se desafían cara a cara. Paisajes nebulosos de intensos verdes, y mesetas amarillas que reflejan clara la luz del sol, así por lo menos lo quiero recordar yo.

Las guerras las ganan las personas que a pesar del “a pesar de” continúan y quizá hasta vuelven a reír a carcajadas por un chiste malo cualquier tarde de verano.

Mi viaje a Sarajevo y Balcanes de hace cuatro años, termina ahora, mientras escribo esto y recuerdo las calles de esa bellísima ciudad otomana, que me cautivó y me reventó por dentro. Y a pesar de mis "apesares" ya estoy deseando volver.

(Imagen tomada por una desconocida en la

zona de las mujeres de la mezquita central de Sarajevo, el día del inicio del Ramadán, 17 de junio 2015)


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